—La baronesa—añadió—me dijo, y perdone la inquebrantable sinceridad mía, me dijo que era usted un egoísta y un hombre sin corazón; yo, a pesar de esto—sonriendo dulcemente y sintiéndose ya superevangélico y supermoral—pensé: Mi deber es ir a ver a ese caballero. Por eso he venido. Ahora usted hará lo que su conciencia le dicte. Yo he cumplido con la mía.
Después de este párrafo, Peñalar nada tenía que decir y con la sonrisa de todo el martirologio en los labios cogió el sombrero, saludó ceremoniosamente y se acercó a la puerta.
—¿Y ese niño es el que estaba aquí?—preguntó en voz baja y vacilante don Sergio.
—El mismo.
—¿Y dónde vive esa mujer, esa baronesa?—exclamó el comerciante.
—Yo no puedo decirlo. Se lo preguntaré; si ella me lo autoriza, vendré con la contestación.
Y Peñalar salió del despacho.
—Vamos, hijo mío—le dijo a Manuel.
Y con altivo y noble continente, con la cabeza erguida, salió de casa, llevando de la mano a su querido discípulo, a aquel niño portentoso tan poco apreciado por sus padres.