Vida y milagros del señor de Mingote.—Comienza la dulce explotación de don Sergio.
Según los mejores historiógrafos madrileños, el conocimiento de la baronesa de Aynant con Bonifacio de Mingote databa de dos años a la fecha.
Una de las muchas veces que la baronesa se encontraba en la necesidad de buscar dinero, avisó a un prestamista de la calle del Pez. En lugar del prestamista se presentó su dependiente, el propio Mingote, y se arregló el negocio entre los dos. Desde entonces don Bonifacio frecuentaba la casa de la baronesa. ¿Quién era Don Bonifacio? ¿Cómo era don Bonifacio?
Hay bimanos que producen una extraordinaria curiosidad. En la historia natural del hombre son como esas especies de monotremas entre aves y mamíferos, asombro de los zoólogos. A esta clase de bimanos interesantes pertenecía Mingote.
Era este Mingote hombre de unos cincuenta años, bajo, grueso, de bigote pintado, con la cara carnosa, la nariz pequeña y roja, la boca cínica, las trazas de agente de la policía o de zurupeto. Vestía de una manera presuntuosa, le encantaba llevar una cadena gruesa en el chaleco y diamantes falsos, como garbanzos de grandes, en la pechera y en los dedos.
Mingote había ejercido todos los oficios que un hombre puede ejercer no siendo persona decente: prestamista, policía, jefe de clac, zurupeto de la Bolsa, agente de quintas, curial, revendedor, gancho...
Manuel pudo ir conociéndolo a fondo. Era maestro en todas las artes del engaño, ingrato, procaz, cobarde con los valientes, valiente con los cobardes, petulante y vanidoso como pocos, amigo de atribuirse las heroicidades y los méritos ajenos y de repartir entre los demás los defectos propios.
Manuel notó que la baronesa solía hablar siempre mal de Mingote, cuando se hallaba ausente, y, sin embargo, cuando le escuchaba lo hacía con gusto; sin duda al oirle admiraba la sutileza y la finura de las malas artes de aquel pícaro.
Al cabo de algún tiempo de oirle su charla desvergonzada repugnaba.
La preocupación de Mingote era ocultar su natural cínico, pero el cinismo suyo, por su fuerza de expansión, le salía fuera del alma, apuntaba en sus ojos y en sus labios y fluía libremente en sus palabras.