—Pierden el tiempo los que me insultan—decía tranquilamente—; a sinvergüenza no me gana nadie.
Y tenía razón. A veces se daba cuenta del mal efecto producido por alguna arlequinada suya, y se esforzaba entonces en presentarse como un Roldán o un Cid de la corrección; pero al poco rato, por entre su coraza de puntilloso caballero aparecía la garfa del truhán.
—En cuestiones de honor no admito distingos—decía el hombre cuando se sentía hidalgo—; usted me dirá: el honor es una martingala. Es verdad. Pero yo tengo esta desgracia; soy caballeresco por temperamento.
Mingote comulgaba en las ideas anárquico-filantrópico-colectivistas, algunas de sus cartas terminaba poniendo: Salud y Revolución Social, lo cual no era obstáculo para que intentase unas veces establecer una casa de préstamos, otras una casa de citas o algún otro honrado comercio por el estilo.
Había hecho aquel exprestamista una porción de ignominias con los compañeros de la dinamita y del ácido pícrico, sacándoles dinero, ya para dar un golpe y comprar bombas, ya para escribir un diccionario libertario en donde él, Mingote, desmenuzaría con su análisis formidable, más formidable que los más furiosos explosivos, todas las ideas tradicionales de esta estúpida sociedad.
Cuando Mingote hablaba de su diccionario, su desdén por la existencia, su mirada de iluminado, su melancólica actitud de hombre no comprendido, todo indicaba al genio de las revoluciones.
En cambio, al contar y especificar sus éxitos de agente de anuncios y de negocios, surgía el hombre moderno, el struggle for lifeur de la almoneda y de la casa de préstamos, de la droguería y de la perfumería.
—Yo—solía decir—hice la almoneda de la Chavito, yo le vendí la cuadra al marqués del Sacro-Cerro y el monte a la vizcondesa. Yo he lanzado el cataforético Pipot; el pectoral de sampagnita salvaje Alex; la pasta manícura de Chiper; la cataplasma eléctrica de Pirogoff; la harina pépsica de Clarckson; la auditina de Well; el corazón artificial de Tomás y Gil; el emplasto sudorífico de Rocagut, y, sin embargo, se ha hecho el vacío a mi alrededor.
Mingote suponía que Madrid entero se confabulaba contra él para no dejarle prosperar; pero él esperaba el momento bueno en que les daría en la cabeza a sus enemigos.
Sus mayores ilusiones se basaban en sus minas, que, a pesar de ser admirables, no tenía inconveniente en venderlas en lotes de poco dinero. Constantemente llevaba en el bolsillo piedras, envueltas en papeles de periódico, de sus minas de aquí y de allá.