—Esta—y Mingote mostraba un pedrusco—es de mis minas del Suspiro del Moro. ¡Qué muestra! ¿Eh? Es admirable. ¿Es verdad? De hierro... casi puro. Noventa y nueve y medio por ciento de hierro mineralizado. Esta otra es de calamina. Sesenta y ocho por ciento. Hay medio millón de toneladas.

Cuando se le descubría la mentira, no sólo no se incomodaba, sino que se echaba a reir.

La baronesa celebraba con carcajadas los proyectos de Mingote.

—Pero si no tiene usted minas, ¿cómo las va usted a vender?—le preguntaba.

—¡Ah!, no importa—replicaba Mingote—; se inventan; es lo mismo. En seguida que le demos el golpe a don Sergio, nos dedicamos a los negocios. Demarcamos una mina; depósito: trescientas, cuatrocientas pesetas, lo que sea; llevamos al terreno minerales de otra parte, y en seguida hacemos acciones: «Sociedad anónima del coto Prosperidad»; capital: 7.000.000 de pesetas; alquilamos una casa, ponemos una hermosa plancha de cobre con letras en la puerta y un criado con una librea azul: cobramos las acciones, y ya está hecho el negocio.

¿Creía Mingote en sus fantasías? Ni aun él lo sabía de cierto; aquel hombre se hallaba desconocido a sí mismo. Allá, dentro de su alma, encerraba la idea de un hado adverso que le impedía prosperar, por ser un sinvergüenza; porque habilidad tenía de sobra; sabía como nadie recibir a un acreedor y no pagarle; sabía adular y mentir; pero, a pesar de su mentir constante, era crédulo para los embustes ajenos como nadie.

Creía en las sociedades secretas, en la masonería, en los h∴ y en otra porción de mojigangas por el estilo.

En el peligro y en las situaciones graves, a pesar de la cobardía extraordinaria del exprestamista, no le abandonaba nunca su ingenio; el soltar una gracia constituía para él una necesidad, y probablemente, empalado, con la soga al cuello, o en las gradas del patíbulo, temblando de miedo, hubiera tenido que decir, entre castañeteos de dientes y convulsiones, alguna cosa chusca.

Reñía con todo aquel a quien no necesitaba, por cosas fútiles; vociferaba en los tranvías y teatros con cobradores y acomodadores, levantaba el bastón a los golfos, trataba desdeñosamente a todo el mundo, hacía proposiciones indecorosas a las mujeres delante de sus maridos o de sus padres, y a pesar de esto no recibía más que raras veces las bofetadas o los palos que otro cualquiera en su lugar recibiera.

Vanidoso y petulante, él mismo se reía de su petulancia. Cambiaba la sonrisa en gesto amenazador y el gesto amenazador en sonrisa; a veces sentía cierta especie rara y cómica de pudor y se ruborizaba, pero no se desconcertaba nunca.