El exprestamista, a pesar de que su tipo no era nada agradable, tenía grandes éxitos con las mujeres. Se dedicaba a la ancianidad. Su táctica era rapidísima y expedita; a la primera semana ya pedía dinero.
Contaba las queridas a pares, cada una con dos o tres pequeños Mingotes. Con ellas el exprestamista había organizado un servicio de mendicidad maravilloso por medio de cartas, y como la agencia producía cada vez menos, gracias al dinero que traían las mujeres, vivían ellas, el gran Mingote y los pequeños Mingotes. Cuando le preguntaban por aquellas mujeres, el exprestamista decía que constituían su servidumbre.
Este era Mingote, el maravilloso y peregrino Mingote, auxiliar y colaborador de la baronesa de Aynant.
El mismo día en que Manuel y el sublime pedagogo contaron los detalles de la visita a don Sergio, la baronesa y Mingote se pusieron en campaña. La baronesa alquiló un gabinete por unos días a una patrona del principal.
—¿Pero para qué hace usted eso?—la preguntó Mingote—. Cuanto en peor situación la vea a usted il vecchio será más espléndido.
—Yo le creía a usted más listo, Mingote—replicó fríamente la baronesa—. Si don Sergio me viera en este cuartucho indecente, me daría una limosna; de otro modo, ya veremos. Además déjeme usted a mí dirigir mis asuntos.
Mingote calló confundido. Indudablemente allí tenía que aprender.
La baronesa arregló el cuarto alquilado con gusto, mandó coser y planchar una de sus batas, y vistió a Manuel y hasta le dió polvos de arroz, con gran desesperación del chico. Todo preparado, Mingote escribió a don Sergio, il vecchio Cromwell, como le llamaba él, una tarjeta con la firma de Peñalar, dándole las señas de la casa.
La baronesa y Manuel esperaron a que llegara il vecchio. A media tarde se oyó el ruido de un coche que paraba a la puerta.
—Este es—dijo la baronesa. Miró por las rendijas de la persiana—. Sí, es él—añadió, y se tendió en el sofá y cogió un libro.