Bien vestida y ataviada resultaba apetitosa; una jamona rubia de buen ver.
—Mira es mejor que te metas en ese otro cuarto—dijo la baronesa a Manuel señalándole una alcoba—; le diré que estás estudiando.
Manuel, a quien el papel que le designaron no le agradaba, se escabulló en la alcoba. Había entre ésta y el gabinete una puerta de cristales, con sus correspondientes cortinas. Manuel encontró el observatorio muy cómodo, y se puso a mirar por los visillos; le interesaba ver cómo se desenvolvía la baronesa y manejaba los hilos de aquella trapisonda, en los cuales podía quedar enredada al menor descuido.
Cuando la criada de la casa de huéspedes fué a anunciar la visita de don Sergio, la baronesa se hallaba ya posesionada de su papel. Il vecchio pasó gravemente, saludó; la baronesa hizo un gesto de asombro al verle, luego con un ademán de languidez y de contrariedad le indicó que podía sentarse.
Il vecchio Cromwell se sentó; Manuel pudo observarle con calma. Estaba pálido y tenía un color calcáreo.
—Vaya un papá feo que me he echado—se dijo Manuel.
La baronesa y don Sergio comenzaron a hablar en voz baja. No se oía lo que hablaban. El calcáreo anciano pasó la mirada por el cuarto, observó los muebles, indudablemente extrañado de ver el gabinete tan elegante.
Luego siguió hablando con calor; la baronesa le escuchaba lánguidamente, sonriendo con cierta amable y bondadosa ironía. Manuel pensó que no le faltaban al viejo más que unos cuernecitos y unas patas de cabra para representar, en unión de la baronesa, un grupo que él había visto unos días antes en un escaparate de la carrera de San Jerónimo, cuyo título era «La Ninfa y el Sátiro». Manuel creyó que el viejo se iba a arrodillar y le dieron ganas de gritarle ¡fuera Cromwell!
Continuaba el viejo hablando de una manera insinuante, cuando se fué animando y comenzó a accionar con violencia.—Ese abandono del muchacho es incalificable—decía.
—¡Incalificable!