—Sí, señora.
—Pero usted, ¿qué derechos tiene para hablar?
—Tengo derechos. Sí, señora.
La baronesa pareció asombrada de aquellas palabras, y replicó con vaguedades y excusas; luego se indignó y levantándose del sofá con un gallardo ademán y tirando el libro al suelo acusó al iracundo Cromwell de todo lo malo que podía ocurrir al niño. El tenía la culpa de todo por ser un avaro y un miserable.
Replicó a esto el terrible vecchio, en tono brusco, diciendo que para las mujeres livianas y gastadoras todos los hombres eran avaros.
—Si usted ha venido aquí—interrumpió la baronesa—a insultar a una mujer porque está sola, no lo consentiré.
Entonces vinieron las explicaciones del calcáreo anciano, el sincerarse, el ofrecerse...
—No necesito de usted para nada—contestó la baronesa arrogantemente—. No le he llamado a usted.
El marrullero vecchio juró y perjuró que no había ido allá más que a ofrecerle todo lo que necesitara y a pedir que le dejara costear los gastos de los estudios del muchacho. También deseaba verle un momento.
La baronesa se dejó convencer; pero advirtió al calcáreo que el niño creía que sus padres habían muerto.