—No, no tenga usted cuidado, Paquita—exclamó il vecchio.
Llamó la baronesa al timbre, y preguntó a la criada con indolencia:
—¿Está en casa Sergio?
—Sí, señora.
—Dígale usted que venga.
Entró Manuel confuso.
—Este señor quiere verte—dijo la dama.
—Ya sé, ya sé que eres un estudiante muy aprovechado—murmuró il vecchio.
Manuel levantó los ojos con el mayor asombro. Don Sergio dió unos golpecitos en la mejilla nada sonrosada del muchacho. Manuel quedó mirando al suelo, y se marchó, al darle la baronesa el permiso para salir.
—Es muy huraño—dijo la baronesa.