—Yo era igual a su edad—repuso don Sergio.

La dama sonrió maliciosamente. Manuel volvió a la alcoba y siguió observando la actitud de los dos; la baronesa se lamentaba de su falta de recursos; Cromwell se defendía como un león. Al terminar la conferencia, el calcáreo sacó su cartera y dejó unos billetes sobre el velador.

La baronesa le acompañó hasta la puerta.

—¿De modo, Paquita, que está usted contenta?—la dijo antes de marcharse.

—¡Contentísima!

—¿No siente usted que haya venido a verla?

—¡Ay, don Sergio! Me ha tenido usted muy abandonada. ¡Cuando es usted el único amigo de mi pobre padre!

—Sí, es verdad, Paquita, es verdad—murmuró il vecchio acariciando entre las suyas una de las manos regordetas de la baronesa.

Y bajó las escaleras, deteniéndose a cada instante para saludar a la dama.

—Jesús, qué lata de viejo—murmuró ella dando un portazo—. ¡Manuel, Manolito, has estado muy bien! Hecho un héroe. ¿Has visto? Il vecchio Cromwell, como dice Mingote, ha dejado mil pesetas. Mañana mismito nos mudamos de casa.