Al día siguiente, muy de mañana, la baronesa y Manuel se echaron a la calle a buscar cuarto. Después de mucho corretear y de andar con la cabeza descoyuntada de tanto mirar hacia arriba, encontraron un tercer piso en la plaza de Oriente, que a la baronesa le encantó. Costaba veinticinco duros al mes.
—A niña Chucha le va a parecer caro, pero yo lo alquilo—dijo la baronesa.
Y llamó en el primer piso en donde vivía el administrador y habló con él y pagó la casa por adelantado.
El mismo día se hizo la mudanza y Manuel trajinó con entusiasmo, llevando trastos de un lado a otro y colocándolos en la nueva casa en el sitio que designaba niña Chucha.
Como la casa quedaba vacía y la baronesa tenía algunos muebles guardados en casa de una amiga cubana, unos días después fué a verla para pedírselos. No apareció en todo el día ni aun a cenar, y volvió a la noche muy tarde. Niña Chucha y Manuel la esperaron. Al llegar a casa, venía con los ojos más brillantes que de ordinario.
—La coronela no me ha querido dejar venir—murmuró—; he cenado en su casa, luego he ido con sus chicas a Apolo y me han acompañado hasta aquí mismo.
No pudo Manuel comprender qué tendría esto de extraño para la baronesa, y se asombró bastante al oirle contestar a los reproches de niña Chucha, balbuceando y riéndose a carcajadas de una manera insubstancial. Hubiese jurado Manuel que al salir del comedor la baronesa había dado un traspiés, pero con el sueño no se enteró bien y se abstuvo de comentarios.
Al día siguiente, poco antes de la hora de comer, estaba niña Chucha en la calle cuando llamaron a la puerta. Abrió Manuel. Era el calcáreo.
—Hola, estudiante—dijo—. ¿Y doña Paquita?
—En su cuarto—contestó Manuel.