Llamó don Sergio en la puerta con los nudillos y repitió varias veces:

—¿Se puede?

—Pase usted, don Sergio—dijo la baronesa—y abra usted las ventanas.

Entró el viejo en el cuarto tropezando con los bultos desparramados por el suelo y abrió el balcón.

—Pero, Paquita ¿todavía en la cama?—preguntó en el colmo de la estupefacción—. Eso no es sano.

—¡Oh! si viera usted cómo he trabajado—replicó la baronesa desperezándose—. Ayer me acosté rendidita, y hoy para las cinco estaba ya trabajando; pero de tanto trajinar se me ha levantado un dolor de cabeza que me he tenido que acostar otra vez.

—¿Para qué trabajas tanto? No te conviene.

—Es que hay que hacer las cosas; luego, en esta casa no ayudan. Chucha no hace más que leer novelas; a Sergio no le voy a poner a andar como un mozo de cuerda, y yo sola tengo que hacerlo todo. Espero que otro día seré más feliz y tendrá usted el gusto de presenciar lo buena chica que soy y cómo sigo sus consejos al pie de la letra.

—Bueno, Paquita, bueno. Sigues siendo una chiquilla.

La baronesa, para demostrar que era verdad esto, hizo unos cuantos arrumacos a Cromwell, y después, en tono indiferente, le pidió cincuenta pesetas.