Manuel hizo dos o tres veces un esfuerzo para hablar de Roberto, pero no se atrevió.

De pronto, después de carraspear mucho, balbuceó:

—¿Sabe usted?

—¿Qué?

—Roberto... aquel estudiante rubio de la otra casa... el que ayer estaba en el teatro... me ha dado una carta para usted.

—¿Para mí?—. Y las mejillas de Kate tomaron un tono rosado y sus ojos brillaron con más vivacidad que de ordinario.

—Sí.

—Pues dámela.

—Tome usted.

Manuel entregó la carta y Kate la escondió rápidamente en el pecho. Concluyó de arreglar su armario, y poco después se encerró en su cuarto. A los dos días, Kate le envió a Manuel con una carta para Roberto, y Roberto en seguida con otra para Kate.