—Sí.
—Tienes que darle una carta.
—Bueno.
—A la tarde te la traeré. Se la das, y me dices qué cara pone al recibirla. No me contestará, ya sé que no me contestará, pero tú se la darás, ¿verdad?
—Sí, hombre, descuide usted.
Efectivamente, a la tarde Roberto siguió paseando por entre la nieve, bajó Manuel, cogió la carta y subió en seguida a casa.
Kate se divertía arreglando en aquel momento su armario. Tenía guardadas mil chucherías en varias cajitas; en unas, medallas; en otras, estampas, cromos, regalos del colegio y de su familia. Sus libros de rezos estaban llenos de recordatorios y de estampitas.
Manuel, con la carta de Roberto en el bolsillo, se acercó a la muchacha como un criminal. La Nena enseñó a Manuel todas sus riquezas, éste se sintió orgulloso. Manuel apenas se atrevía a tocar las medallas, las alhajas, las mil cosas que guardaba Kate.
—Esta cadena me la regaló mi tío—decía la colegiala—. Esta sortija es de mi abuelo. Este pensamiento lo cogí en Hyde-Park, cuando estuve en Londres con mi tío.
Manuel la escuchaba sin decir palabra, avergonzado de tener la carta en el bolsillo. La Nena siguió enseñando nuevas cosas. Los juguetes de su niñez aun los conservaba; en su armario todo estaba clasificado con el mayor orden, cada cosa tenía su sitio. En algunos libros prensaba pensamientos y hierbas que luego copiaba y pintaba con una caja de acuarelas.