La hija de la baronesa se llamaba Catalina, sus parientes de Amberes la llamaban Kate, pero la baronesa generalmente la decía la Nena.

Con la llegada de Kate las costumbres variaron en la casa; la baronesa abandonó sus excursiones nocturnas y contuvo sus ligerezas de palabra. En la mesa, con una sonrisa triste, escuchaba las historias de colegio que contaba su hija, sin poner interés en lo que oía.

No armonizaban los caracteres de las dos. Kate tenía la comprensión lenta, pero profunda; en cambio su madre poseía la sutileza y el ingenio del momento. La baronesa, a veces, se impacientaba al oirla, y decía entre cariñosa y enfadada:

—¡Ay, qué Nena más sosita tengo!

Desde la llegada de Kate, niña Chucha y Manuel no le acompañaban en el comedor a la baronesa; esto a Manuel no le molestaba, pero a la mulata sí, y atribuía estas disposiciones a Kate, a quien consideraba como una muñeca blanca, orgullosa, fría y de poco corazón. Manuel, que no tenía motivo alguno de antipatía por Kate, la encontró muy llana, muy amable, aunque con poca vivacidad.

Por aquellos días de fiestas de Navidad, madre e hija salían de casa con mucha frecuencia a compras, y les acompañaba generalmente Manuel, que volvía cargado con paquetes.

Un día de Año Nuevo, en que la baronesa, Kate y Manuel fueron al Teatro de Apolo a ver Los sobrinos del Capitán Grant, notó Manuel que Roberto Hasting iba a alguna distancia detrás de ellos. Al salir les siguió; la muchacha se hizo la desentendida.

Al día siguiente estaba nevando, y Manuel vió a Roberto que paseaba por la plaza de Oriente, al parecer muy entretenido.

Encontró Manuel un pretexto para salir de casa, y al momento Roberto se acercó a él.

—¿Estás en su casa?—le preguntó apresuradamente.