No había allí más que unas cuantas mujeres de mal aspecto, que se levantaron humildemente. La baronesa se sentó, y al poco rato entró la cubana, una mujer ordinaria y brutal, vestida con un traje muy llamativo y con brillantes gruesos en las orejas y en los dedos. Tomó de la mano a la baronesa y se sentó en un sofá junto a ella. Se veía que quería halagarla. Era la coronela una mujer, más que vulgar, bestial; tenía la mandíbula prominente, los ojos pequeños, negros y la boca con una expresión de crueldad. Había en su aspecto algo lúbrico inquietante y amenazador, se figuraba uno que aquella mujer debía tener vicios extraños, que era capaz de cometer crímenes.

Manuel, en un rincón, se puso a mirar un álbum de fotografías puesto sobre un velador.

La mujer del coronel, a quien la baronesa había conocido de sargenta en Cuba, dijo que pensaba que su niña menor, Lulú, debutara en un Salón, de bailarina, y le estaban dando las últimas lecciones.

—Pero, ¿de verdad?—preguntó la baronesa.

—Sí, sí; Mingote hizo la contrata, y se ha encargado de los últimos toques, como dice él. ¡Ay, qué hombre tan gracioso! Está ahora con unos amigos en el comedor. Vendrá en seguida. Mingote ha traído un poeta que ha hecho un monólogo para la niña graciosísimo. Se llama Instantáneas. Es un nombre modernista, ¿verdad?

—Ya lo creo.

—Es una muchacha que va a sacar fotografías a la calle y se encuentra con un pollo que se le acerca y le propone hacer una reproducción o un grupo, y ella contesta; «¡Ay, no me toque usted el chasis!» Es bonito, ¿verdad?

—Precioso—dijo la baronesa mirando a Manuel y riéndose.

Las demás mujeres, fregonas distinguidas a juzgar por su aspecto, movieron la cabeza en señal de asentimiento, y sonrieron de un modo triste.

—¿Tiene usted mucha gente en la sala?—preguntó la baronesa.