—Todavía no ha venido nadie. Mientras tanto que baile la niña un poco para que usted la vea.
Dió la coronela un grito por el corredor, y apareció Lulú, vestida con falda llena de lentejuelas y el pelo cortado y rizado. Estaba incomodada porque no encontraba una pulsera, y chillando con una vocecilla agria.
—Advierte a ésos—le dijo la coronela—de que estás aquí.
Salió la niña con el recado, y al poco rato entraron en la sala el coronel, señor respetable, de barba blanca, que cojeaba e iba apoyado en el brazo de Mingote; detrás de éstos un joven flaco, de bigote rubio, con las mejillas rojas; el poeta, según advirtió la baronesa, y un melenudo, el profesor de piano, que venía llevando del brazo a la hija mayor de la casa, una mujer guapetona, blanca y rubia, que parecía escapada de un cuadro de Rubens.
—Primero, ¿qué va a ser? ¿el monólogo o el baile?—preguntó la coronela.
—El monólogo, el monólogo—dijeron todos.
—Vamos a ver. Silencio.
El poeta, borracho a juzgar por el brillo de sus ojos y el color de sus mejillas, sonrió amablemente.
La chiquilla comenzó a recitar muy mal, con voz de gallito ronco, una porción de brutalidades en verso, capaces de llevar el rubor a las curtidas mejillas de un carabinero. Cada barbaridad de aquellas terminaba con el estribillo de ¡Ay, no me toque usted el chassis!
Al terminar, el coronel dijo que le parecían los versos un poco así... un poco, vamos, demasiado libres y miró a todos pidiendo su opinión. Se discutió el punto acaloradamente. El amo de la casa presentó sus argumentos, pero la réplica de Mingote fué decisiva.