—Bueno.

Bailó otro tango Lulú y al poco rato apareció la coronela.

—Ya pueden ustedes pasar—dijo.

Las viejas fregonas se levantaron de sus asientos, y cruzando el corredor entraron en una sala grande con tres balcones. Había dos mesas allí, una de ellas con una ruleta, la otra sin nada.

Las tres viejas, la baronesa, el coronel y sus dos hijas se sentaron en la mesa de la ruleta, en donde estaban ya sentados el banquero y los dos pagadores.

—Hagan juego—dijo el croupier con una impasibilidad de autómata.

Giró la bola blanca en la ruleta, y antes de que se parara, el croupier dijo:

—¡No va más!

Los dos pagadores dieron con su rastrillo en los paños, para impedir que se siguiera apuntando.—No va más—repitieron al mismo tiempo con voz monótona.

Fué entrando gente poco a poco y se ocuparon las sillas colocadas alrededor de la mesa.