Al lado de la baronesa se sentó un hombre de unos cuarenta años, alto, fornido, ancho de hombros, de pelo crespo negrísimo y dientes blancos.

—Pero hijo, ¿tú aquí?—dijo la baronesa.

—¿Y tú?—replicó él.

Era aquel hombre primo en segundo o tercer grado de la baronesa y se llamaba Horacio.

—¿No decías que te acostabas invariablemente a las nueve?—preguntó la baronesa.

—Y es una casualidad que haya venido aquí. Es la primera vez que vengo.

—Bah.

—Créeme. ¿Hacemos una vaca, prima?

—No me parece mal.

Reunieron el dinero de ambos y siguieron jugando. Horacio apuntaba según las órdenes de la baronesa. Tenían suerte y ganaban. Poco a poco se iba llenando el salón de un público abigarrado y extraño. Había dos aristócratas conocidos, un torero, militares. De pie se apretaban algunas señoras con sus hijas.