Manuel vió a la Irene, la nieta de doña Violante, al lado de un señor viejo con el pelo engomado, que jugaba fuerte. Tenía los dedos llenos de sortijas con piedras grandes.
Sentados en un diván hablaban cerca de Manuel un hombre viejo, de barba blanca, muy pálido y demacrado, con otro joven lampiño de aire aburrido.
—¿Usted se retiró ya?—decía el joven.
—Sí; me retiré porque no tenía dinero; si no hubiera seguido jugando hasta que me hubieran encontrado muerto sobre el tapete verde. Para mí esta es la única vida. Yo soy como la Valiente. Ella me conoce, y me suele decir algunas veces: —¿Hacemos una vaca, marqués?—No le daría a usted mala suerte—le contesto yo.
—¿Quién es la Valiente!
—Ahora la verá usted, cuando empiece el bacarrat.
Se encendió la luz en la otra mesa.
Se levantó un viejo de bigote de mosquetero, con una baraja en la mano, y se apoyó en el borde de la mesa. Al mismo tiempo se le acercaron diez o doce personas.
—¡Quién talla?—preguntó el viejo.
—Cincuenta duros—murmuró uno.