—Sesenta.

—Cien.

—Ciento cincuenta duros.

—Doscientos—gritó una voz de mujer.

—Ahí está la Valiente—dijo el marqués.

Manuel la contempló con curiosidad. Era una mujer de treinta a cuarenta años; vestía traje de hechura de sastre y sombrero Frégoli. Era muy morena, con una tez olivácea, los ojos negros, hermosos. Se cegaba en las apuestas y salia a los pasillos a fumar. Se notaba en ella una gran energía y una inteligencia clara. Decían que llevaba siempre revólver. No le gustaban los hombres y se enamoraba de las mujeres con verdadera pasión. Su última conquista había sido la hija mayor del coronel, la rubia gruesa, a la cual dominaba. Tenía una suerte loca algunas veces, y para mitigar sus amorosas penas jugaba, y ganaba de un modo insolente.

—Y ese hombre que no juega nunca y está siempre aquí, ¿quién es?—preguntó el joven, señalando un tipo de unos sesenta años, basto, de bigote pintado.

—Este es un usurero que creo que es socio de la coronela. Cuando yo fuí gobernador de la Coruña estaba pendiente de un proceso por no sé qué chanchullo que había hecho en la Aduana. Le dejaron cesante y luego le dieron un destino en Filipinas.

—¿En recompensa?

—Hombre, todo el mundo tiene que vivir—replicó el marqués—. En Filipinas no sé qué hizo que le procesaron varias veces, y cuando quedó libre, lo emplearon en Cuba.