—Querían que estudiara el régimen colonial español—advirtió el joven.

—Sin duda. Allí también tuvo líos, hasta que vino aquí y se dedicó a negocios de usura, y dicen que ahora no se ahogará por menos de un millón de pesetas.

—¡Demonio!

—Es un hombre serio y modesto. Hasta hace unos años vivía con una tal Paca, que era dueña de una tintorería de la calle de Hortaleza, y los dos salían a pasear los domingos por las afueras como gente pobre. Se le murió aquella Paca, y ahora vive solo. Es huraño y humilde; muchas veces él mismo va a la compra y guisa. El que es interesante es su antiguo secretario; tiene unas condiciones de falsificador como nadie.

Manuel escuchaba con atención.

—Ese sí que es un hombre—dijo el marqués, mirándole atentamente.

El observado, un hombre de barba roja y puntiaguda, de aire burlón, se volvió y saludó amablemente al viejo.

—Adiós, Maestro—le dijo éste.

—¿Le llama usted Maestro?—preguntó el joven.

—Así le llama todo el mundo.