Lulú, la hija de la coronela, y otras dos amigas pasaron por delante del marqués y del joven.
—Que moninas son—dijo el marqués.
Tomaba aquello un aspecto mixto de mancebía lujosa y garito elegante. No reinaba el silencio angustioso de las casas de juego, ni la greguería alborotadora de un burdel: se jugaba y se amaba discretamente. Como decía la coronela, era una reunión muy modernista.
En los divanes hablaban las muchachas con los hombres animadamente; se discutía, se estudiaban combinaciones para el juego...
—A mí esto me encanta—dijo el marqués con su sonrisa pálida.
La baronesa estaba mareada y sentía ganas de marcharse.
—Me voy. ¿Me acompañas, Horacio?—preguntó a su primo.
—Sí, te acompañaré.
Se levantó la baronesa, después Horacio, y Manuel se reunió a ellos.
—¡Qué gentuza!, ¿verdad?—dijo la baronesa, con la risa ingenua peculiar suya, al encontrarse en la calle.