—Es la amoralidad, como dicen ahora—replicó Horacio—. Los españoles no somos inmorales, lo que pasa es que no tenemos idea de moralidad. «Ya ve usted—decía el coronel en el momento que me he levantado para tomar un poco de aire—ya ve usted, a mí me han mermado el retiro: de ochenta duros me han dejado en setenta; y ¡claro!, hay que buscar otros ingresos; así las hijas de los militares tienen que ser bailarinas... y todo lo demás.»

—¿Te decía eso? ¡Qué bárbaro!

—¿Pero eso te choca? A mí no. Si eso es una consecuencia natural y necesaria de nuestra raza. Estamos degenerados. Somos una raza de última clase.

—¿Por qué?

—Porque sí; no hay más que observar. ¿Te has fijado en la cabeza que tiene el coronel?

—No. ¿Qué, tiene algo en la cabeza?—preguntó burlonamente la baronesa.

—Nada, que tiene la cabeza de un papúa. La moralidad sólo se da en razas superiores. Los ingleses dicen que Wellington es superior a Napoleón porque Wellington peleó por el deber y Napoleón por la gloria. La idea del deber no entra en cráneos como el del coronel. Háblale a un mandingo del deber. Nada. ¡Oh! La antropología enseña mucho. Yo me lo explico todo por leyes antropológicas.

Pasaron por delante del café de Varela.

—¿Quieres que entremos aquí?—dijo el primo.

—Vamos.