—¿Y los muebles?

—Los venderé.

¿Cómo decir que los había ya vendido?

—No, yo...—El calcáreo iba a hacer una observación de buen comerciante, pero no se atrevió.—Luego esas visitas tan frecuentes de su primo de usted no están bien—añadió.

—¿Pero si me persigue—murmuró con voz quejumbrosa la baronesa—qué voy a hacerle yo? Ese hombre tiene por mí una pasión loca; comprendo que es raro, porque ya a mis años...

—No diga usted esas cosas, Paquita.

—Pero nada; se ha convertido en mi duende. Pero ahora ya verá usted como no va a volver.

—¡No ha de volver! Volverá hasta que usted no se lo diga claramente...

—Si se lo he dicho, y por eso ya no volverá.

—Entonces, mejor que mejor.