La baronesa, de vez en cuando, para atender a los gastos de la casa, vendía o mandaba empeñar algún mueble; pero con el desbarajuste que reinaba allí, el dinero no duraba un momento.
Al mes de estancia en la calle del Ave María, apareció una mañana don Sergio indignado. La baronesa no quiso presentarse y mandó a decirle por la mulata que no estaba. El viejo se marchó y por la tarde escribió una carta a la baronesa.
Mingote no había cantado. Don Sergio respiraba por la herida; no le parecía bien que Horacio pasase la vida en la casa de la baronesa; no encontraba mal que la visitase, sino la asiduidad con que lo hacía. La baronesa enseñó la carta a su primo, y éste, que sin duda no buscaba más que un pretexto para escurrir el bulto, se acordó de lord Bacon, se sintió de pronto anglosajón, ario y hombre moral y dejó de presentarse en casa de la baronesa.
Ella, que padecía el último brote de romanticismo de la juventud de la vejez, se desesperó, escribió cartas al galán, pero él siguió sintiéndose anglosajón y ario y acordándose de lord Bacon.
Mientras tanto don Sergio, al ver que su carta no producía efecto, volvió a la carga y se presentó en la casa.
—Pero, ¿qué le pasa a usted, Paquita?—dijo al ver a la baronesa desmejorada.
—Creo que tengo el trancazo, según siento de pesada la cabeza. Estoy con dolores en todo el cuerpo. Me tiene usted completamente abandonada. En fin, Dios sobre todo.
Don Sergio dejó pasar la hojarasca de palabras y lamentaciones con que la baronesa trataba de sincerarse, y dijo:
—Este sistema de vida no puede seguir. Hay que tener método, hay que tener régimen; así no puede ser.
—Eso mismo estaba pensando yo—replicó la baronesa—. Sí, lo comprendo, a mí no me corresponde esa vida. Volveré a tomar otra casita de doce duros.