—¿Qué pasa? Se oye el escándalo desde la calle—dijo.

—Este hombre que me está insultando—clamó la baronesa.

Horacio cogió a Mingote del cuello de la americana y lo plantó en la puerta. Mingote se deshizo en insultos, sacó a relucir la madre de Horacio; entonces éste, olvidando a lord Bacon, se sintió berebere, levantó el pie y dió con la punta de la bota en las nalgas de Mingote. El agente gritó más y de nuevo el berebere le acarició con el pie en la parte más redonda de su individuo.

La baronesa comprendió que al agente le faltaría tiempo para vengarse; no creía que se atrevería a hablar de la falsificación de los papeles de Manuel porque se cogía los dedos con la puerta, pero probablemente advertiría a don Sergio de la presencia del primo Horacio en la casa. Antes de que pudiese hacerlo, escribió al comerciante una carta pidiéndole dinero, porque tenía que pagar unas cuentas. Envió la carta con Manuel.

El viejo calcáreo, al leer la carta, se incomodó.

—Mira, dile a tu... señora que espere, que yo también tengo que esperar muchas veces.

Al saber la contestación, la baronesa se indignó:

—¡Valiente grosero! ¡Valiente animal! La culpa la tengo yo de hacer caso de ese vejestorio infecto. Cuando venga yo le diré cuántas son cinco.

Pero don Sergio no apareció, y la baronesa, que supuso lo pasado, se mudó a una casa más barata con el propósito de economizar; y niña Chucha, Manuel y los tres perros pasaron a ocupa un tercer piso en la calle del Ave María.

Allí continuó el idilio iniciado entre la baronesa y Horacio; a pesar de que éste, por su tranquilidad anglosajona, o por la idea pobre de la mujer, patrimonio de las razas del Sur, no le daba gran importancia al flirt.