—¿Un poco berebere?
—Sí, me parece que sí; un poco berebere, ¿eh?
—En el carácter quizá, pero en el tipo, no. Eres de raza aria pura, tus ascendientes vendrían de la India, de la meseta de Pamir o del valle de Cabul, pero no han pasado por Africa. Puedes estar tranquila.
La baronesa miró a su primo con expresión un tanto enigmática. Poco después los dos primos y Manuel salieron del café.
CAPÍTULO VII
El Berebere se siente profundamente anglosajón. Mingote mefistofélico.—Cogolludo.—Despedida.
Desde aquel encuentro en la chirlata del coronel, de la baronesa y el sociólogo, éste comenzó a frecuentar la casa y a poner cátedra de antropología y de sociología en el comedor. Manuel no sabía cómo serían aquellas ciencias, pero traducidas al andaluz por el primo de la baronesa, eran muy pintorescas; Manuel y niña Chucha escuchaban al berebere con grandísima atención y algunas veces le hacían objeciones que él contestaba, si no con grandes argumentos científicos, con muchísima gracia.
El primo Horacio empezó a quedarse a cenar en la casa y terminó quedándose después de cenar; niña Chucha protegía al berebere quizá por afinidades de raza y se reía, enseñando los dientes blancos, cuando venía don Sergio.
La situación era comprometida porque la baronesa no se preocupaba de nada; después de servirse de Mingote le había despedido dos o tres veces sin darle un céntimo. El agente comenzaba a amenazar, y un día fué decidido a armar la gorda. Habló de la falsificación de los papeles de Manuel y de que aquello podía costar a la baronesa ir a presidio. Ella le contestó que la responsabilidad de la falsificación era de Mingote, que ella tendría quien la protegiese, y que en el caso de que interviniese la justicia el primero que iría a la cárcel sería él.
Mingote amenazó, chilló, gritó demasiado, y en el momento álgido de la disputa llegó el primo Horacio.