—¿Yo? Ni un botón.
—Pues entonces lo que te puedo decir es esto: que como no tienes dinero, ni eres hombre de presa, ni podrás utilizar tu inteligencia, aunque la tengas, que creo que sí, probablemente morirás en algún hospital.
—¡Qué bárbaro!—exclamó la baronesa—no le digas eso al chico.
Manuel se echó a reir; la profecía le parecía muy divertida.
—En cambio yo—siguió diciendo Horacio—no hay cuidado que muera en un hospital. Mira qué cabeza, qué quijada, qué instinto de adquisividad más brutal. Soy un berebere de raza, un euro-africano; eso sí, afortunadamente, estoy influído por las ideas de la filosofía práctica de lord Bacon. Si no fuera por eso estaría bailando tangos en Cuba o en Puerto Rico.
—¿De manera que gracias a ese lord eres un hombre civilizado?
—Relativamente civilizado; no trato de compararme con un inglés. ¿Tengo yo la seguridad de ser un ario? ¿Soy acaso celta o sajón? No me hago ilusiones; soy de una raza inferior, ¡que le voy a hacer! Yo no he nacido en Manchester sino en el Camagüey y he sido criado en Málaga. ¡Figúrate!
—Y eso, ¿qué tiene que ver?
—La mar, chica. La civilización viene con la lluvia. En esos países húmedos y lluviosos es donde se dan los tipos más civilizados y más hermosos también, tipos como el de tu hija, con sus ojos tan azules, la tez tan blanca y el cabello tan rubio.
—Y yo... ¿qué soy?—preguntó la baronesa—¿Un poco de eso que decías antes?