—No está ninguno en España. La mayoría andan por Buenos Aires. Algunos los tienes por aquí, por Francia, trabajando.

—No importa, es una barbaridad lo que quieres, hacer.

—¡Hombre! Yo no obligo a nadie a que venga conmigo—dijo Martín.

—Es que si tú crees que eres el único capaz de hacer eso, estás equivocado—replicó Bautista—. Yo voy donde otro vaya.

—No digo que no.

—Pero parece que dudas.

—No, hombre, no.

—Sí, sí, y para que veas que no hay tal cosa, te voy a acompañar. No se dirá que un vasco francés no se atreve a ir donde vaya un vasco español.

—Pero hombre, tú estás casado—repuso Martín.

—No importa.