—¿Y qué dice? ¿Qué dice?—preguntó el cura.
—Pues dice—contestó Fernando—que es muy pequeña, pero que ahí, en esa despensa, hay guardada una trucha muy grande y que ella debe de saber mejores noticias de mis parientes.»
Una muchacha que estaba en la cocina, al oir la anécdota, se echó a reir con una risa aguda y comunicó su risa a todos.
Rieron también de buena gana Martín y Bautista la manera de señalar del truhán, pero el campesino aseguró que él no tenía arte para estos cuentos.
Le instaron para que siguiera y el hombre contó una nueva ocurrencia de Pernando.
«—Otra vez—dijo—fué a Idiazabal, donde había un partido de pelota, y llegó tarde a la posada, cuando ya todos estaban sentados. El amo le dijo:
—No hay sitio para ti, Fernando, ni probablemente tampoco habrá comida.
—¡Bah!—replicó él—. ¡Si me diérais de balde lo que sobre!
—Pues nada, todo lo que sobre para ti.
Se paseó Fernando por el comedor.