—¡Mentiroso!—dijo ella.

—No, no, fíjate. Ya verás.

Fernando fué a la zapatería, cogió un fuelle grande y lo rellenó de esa casca que queda después de curtidos los pellejos y que huele que apesta; luego hizo un agujero en el tabique de la trastienda y esperó la ocasión oportuna. Por la tarde llegó la chica, é Ichtaber dijo a su aprendiz:

—Oye, Fernando, vete a la trastienda un momento a arreglar esas hormas que hay en la caja.

Salió Fernando; tomó el fuelle. Miró por el agujero. Ichtaber estaba besando la mano de la chica; entonces le apuntó a ella con el fuelle y metió por el agujero del tabique una corriente de aire de mal olor. Cuando Fernando miró después, Ichtaber el Chato estaba con la mano en sus diminutas narices y la muchacha lo mismo.

Luego Fernando siguió dándole al fuelle con intermitencias, hasta que se cansó.

Dos días después, fué de nuevo la chica y le pasó lo mismo; y ya no volvió más, porque decía que Ichtaber el Chato olía a muerto.

Ichtaber hizo el amor a otra; pero Fernando le jugó la misma pasada con el fuelle, y el zapatero decía a sus amigos:

¡Arrayua! En mi tiempo era otra cosa; las chicas estaban sanas. Ahora, la que más y la que menos huele a perros.»

Volvió a oirse la risa alegre y chillona de la muchacha.