Celebraron los demás circunstantes las granujerías de Fernando el de
Amezqueta y fueron a acostarse.

A la mañana siguiente, Martín y Bautista dejaron a Amezqueta y por un sendero llegaron a Ataun, lugar en donde Dorronsoro, el jefe civil carlista, había sido escribano.

Se encontraron en el camino a un muchacho de este pueblo que iba a Echarri-Aranaz y en su compañía tomaron por un camino de herradura que bordeaba la sierra de Aralar.

Hablaron los tres de la marcha de la guerra, y el chico contó una anécdota de Dorronsoro, que no dejaba de tener gracia. Se había presentado a él un señorito de San Sebastián, de familia carlista, de los que llamaban hojalateros, muy gordo y muy lucio.

—Mire usted, don Miguel—había dicho al ex escribano—, yo soy muy carlista y mi familia también lo es; quisiera servir a don Carlos, pero, ya ve usted, no estoy para andar por el monte y desearía entrar en las oficinas.

—Bueno, ya veré si encuentro algo—le dijo Dorronsoro—; vuelva usted mañana.

Volvió al día siguiente el señorito y preguntó:

—¿Qué, ha encontrado usted algo?

—Sí, ya comprendo que no puede usted salir al monte; de manera que entrará usted en las oficinas… y pagará usted tres pesetas al día.

Celebraron Martín y Bautista la decisión de Dorronsoro. Por la noche llegaron al valle de Araquil y se detuvieron en Echarri-Aranaz.