«Al general en jefe del ejército carlista.»

—¿Será prudente—se dijo—entregar estas letras sin garantía alguna?

No pensó mucho tiempo, porque comprendió enseguida que era una locura pedir recibo o fianza.

—La verdad es que, si no quieren firmar, no puedo obligarles, y si me dan un recibo y luego se les ocurre quitármelo, con prenderme están al cabo de la calle. Aquí hay que hacer como si a uno le fuera indiferente la cosa y, si sale bien, aprovecharse de ella, y si no, dejarla.

Esperó a que se secara el sobre. Salió a la calle. Vió en la calle un sargento y, después de saludarle, le preguntó:

—¿Dónde se podrá ver al general?

—¡A qué general!

—Al general en jefe. Traigo unas cartas para él.

—Estará probablemente paseando en la plaza. Venga usted.

Fueron a la plaza. En los arcos, a la luz de unos faroles tristes de petróleo, paseaban algunos jefes carlistas. El sargento se acercó al grupo y, encarándose con uno de ellos, dijo: