—No lo sé; yo no lo creo, por lo menos. Yo, ahora mismo, si tuviera quinientos hombres tomaba Estella por asalto y le pegaba fuego.

—¡Ja! ¡Ja! Es usted un hombre extraordinario.

—Es que lo digo porque lo creo.

Yo también lo creo, y siento que no tenga usted los quinientos hombres.
¿Y que decía usted de la gente del Ebro?

—Nada, que han decidido ellos mismos que son los únicos francos, los únicos leales, porque hablan muy en bruto y cantan la jota.

—¿De manera que para usted este canto es como una falsificación del valor y de la energía?

—Sí, algo así.

—Está bien. Lo diré en mi próxima crónica. ¿No le parece a usted mal que me sirva de sus opiniones?

—De ningún modo, porque a mí no me sirven para nada.

Siguieron paseando, pero al alejarse un poco, un centinela les dió el alto y volvieron a la plaza. Se hallaba ésta solitaria.