Dieron varias vueltas y un sereno les saludó y les dijo:

—¿Qué hacen ustedes aquí?

—¿No se puede pasear?—preguntó Zalacaín.

—Hombre, sí; pero no es una hora muy a propósito.

—Es que hemos cenado tarde y estábamos dando una vuelta—dijo el extranjero—no quisiéramos acostarnos tan pronto.

—¿Por qué no van ustedes allí?—dijo el sereno, señalando los balcones de una casa que brillaban iluminados.

—¿Qué es lo que hay allí?—preguntó Martín.

—El Casino—contestó el sereno.

—¿Y qué hacen ahora?—dijo el extranjero.

—Estarán jugando.