Esperó Martín a ver a Bautista y cuando le vió le dijo:
—Que no nos vean juntos—y le entregó el papel.
Bautista se alejó, y poco después se acercó de nuevo a Martín y le dió otro pedazo de papel.
—¿Qué pasará?—se dijo Martín.
Se fué de la plaza, y cuando se vió solo, leyó el papel de Bautista que decía:
Ten cuidado. Está aquí el Cacho de sargento. No andes por el centro del pueblo.
La advertencia de Bautista la consideró Martín de gran importancia. Sabía que el Cacho le odiaba y que colocado en una posición superior, podía vengar sus antiguos rencores con toda la saña de aquel hombre pequeño, violento y colérico.
Martín pasó por el puente del Azucarero contemplando el agua verdosa del río. Al llegar a la plazoleta donde comienza la Rua Mayor del pueblo viejo, Martín se detuvo frente al palacio del duque de Granada, convertido en cárcel, a contemplar una fuente con un león tenante en medio, en cuyas garras sujeta un escudo de Navarra.
Estaba allí parado, cuando vió que se le acercaba el extranjero.
—¡Hola, querido Martín!—le dijo.