—¿Le parece a usted imposible que los de Estella hagan una cosa buena?—preguntó riendo el extranjero.

—¡Qué sé yo! No me parece que en este pueblo se haya inventado la pólvora.

En una calle transversal, las paredes de las antiguas casas hidalgas derrumbadas servían de cerca para los jardines. No se alejaron más porque a pocos pasos estaba ya la guardia. Volvieron y subieron a San Pedro de la Rua, iglesia colocada en un alto, a la cual se llegaba por unas escaleras desgastadas, entre cuyas losas crecía la hierba.

—Sentémonos aquí un momento—dijo el extranjero.

—Bueno, como usted quiera.

Desde allí se veía casi todo Estella, y los montes que le rodean, abajo el tejado de la cárcel y en un alto la ermita del Puy. Una vieja limpiaba las escaleras de piedra de la iglesia con una escoba y cantaba a voz en grito:

¡Adiós los Llanos de Estella.
San Benito y Santa Clara,
Convento de Recoletos
donde yo me paseaba!

—Ya ve usted—dijo el extranjero—que, aunque a usted le parezca este pueblo tan desagradable, hay gente que le tiene cariño.

—¿Quién?—dijo Martín.

—El que ha inventado esa canción.