Siempre que tenía que decir andamos, decía andemos; y al contrario, empleaba vaiga por vaya, y hagáis por haced.
La conversación entre el conde de Haussonville y Asenchio Lapurrá era de lo más dislocada y pintoresca.
—Si aquí hubiera un buen quenerral—decía Haussonville—la querra estaba resuelta.
—Pueda, pueda que sí—contestaba Asensio.
—No saben manecar un grande equercito, amigo Asensio.
—Si supieseis de tática, otra cosa sería.
Martín y el extranjero intimaron con Haussonville, con Iceta y con Asenchio Lapurrá y se rieron a carcajadas con los mil quidprocuos que resultaban en la conversación del francés y del vasco.
Asensio había estado en Cuba algún tiempo, de soldado, y contó anécdotas de aquella tierra. Lo que más le gustaba era hablar de los chinos.
—Son de mal intención, pero buenos cocineros, eso si. Digáis a un chino que os haga un arroz. Os hace una cosa manífica. Es gente raro. Luego se ponen a chun, chun, chun. ¿Y entenderles? nada. ¿A nosotros? Rabia nos tenían. Y al que cogían la martirizaban. ¡Pse! Nosotros tamíen algunos matemos.
Martín se reía a carcajadas con las explicaciones de Asenchio Lapurrá.