Después de comer en la posada, Martín, el extranjero, Iceta, Haussonville y Asensio fueron a un café de la plaza, donde estuvieron hablando. Había ejercicios espirituales en la iglesia de San Juan, y una porción de beatos y de oficiales carlistas iban a la iglesia.
—¡Qué país!—dijo Haussonville—la gente no hace más que ir a la iglesia. Todo es para el señor cura: las buenas comidas, las buenas chicas… Aquí no hay nada que hacer, todo para el señor cura.
Iceta y Haussonville contemplaban con desprecio aquel tropel de gente que se encaminaba hacia la iglesia.
—¡Bestias!—exclamaba Iceta dando puñetazos en la mesa—. No quisiera más que poder ametrallarlos.
El francés murmuraba como diciéndoselo a sí mismo:
—¡España! ¡España! ¡Jamais de la vie! Mucha hidalguía, mucha misa, mucha jota, pero poco alimento.
—La guerra—añadía Asensio, metiendo la cucharada—es cosa nada bueno.
CAPÍTULO XI
CÓMO LOS ACONTECIMIENTOS SE ENREDARON, HASTA EL PUNTO DE QUE MARTÍN DURMIÓ EL TERCER DÍA DE ESTELLA EN LA CÁRCEL.
Al día siguiente, por la noche, iba a acostarse Martín, cuando la posadera le llamó y le entregó una carta, que decía: