Cuando despertó, vió que entraba un rayo de sol por una alta ventana iluminando el destartalado zaquizamí. Llamó a la puerta, vino el carcelero, y le preguntó:
—¿No le han dicho a usted por qué estoy preso?
—No.
—¿De manera que me van a tener encerrado sin motivo?
—Quizá sea una equivocación.
—Pues es un consuelo.
—¡Cosas de la vida! Aquí no le puede pasar a usted nada.
—¡Si le parece a usted poco estar en la cárcel!
—Eso no deshonra a nadie.
Martín se hizo el asustadizo y el tímido, y preguntó: