—¿Me traerá usted de comer?
—Sí. ¿Hay hambre, eh?
—Ya lo creo.
—¿No querrá usted rancho?
—No.
—Pues ahora le traerán la comida.—Y el carcelero se fué, cantando alegremente.
Comió Martín lo que le trajeron, se tendió envuelto en la manta, y después de un momento de siesta, se levantó a tomar una resolución.
—¿Qué podría hacer yo?—se dijo—. Sobornar al alcaide exigiría mucho dinero. Llamar a Bautista es comprometerle. Esperar aquí a que me suelten es exponerme a cárcel perpetua, por lo menos a estar preso hasta que la guerra termine… Hay que escaparse, no hay más remedio.
Con esta firme decisión, comenzó a pensar un plan de fuga. Salir por la puerta era difícil. La puerta, además de ser fuerte, se cerraba por fuera con llave y cerrojo. Después, aun en el caso de aprovechar una ocasión y poder salir de allá, quedaba por recorrer un pasillo largo y luego unas escaleras… Imposible.
Había que escapar por la ventana. Era el único recurso.