—¿A dónde dará esto?—se dijo.
Arrimó el banco a la pared, se subió a él, se agarró a los barrotes y a pulso se levantó hasta poder mirar por la reja. Daba el ventanillo a la plaza de la fuente, en donde el día anterior se había encontrado con el extranjero.
Saltó al suelo y se sentó en el banco. La reja, era alta, pequeña, con tres barrotes sin travesaño.
—Arrancando uno, quizá puediera pasar—se dijo Martín—. Y esto no sería difícil… luego necesitaría una cuerda. ¿De dónde sacaría yo una cuerda?… La manta… la manta cortada en liras me podía servir…
No tenía mas instrumento que un cortaplumas pequeño.
—Hay que ver la solidez de la reja—murmuró.
Volvió a subir. Se hallaba la reja empotrada en la pared, pero no tenía gran resistencia.
Los barrotes estaban sujetos por un marco de madera, y el marco en un extremo se hallaba apolillado. Martín supuso que no sería difícil romper la madera y quitar el barrote de un lado.
Cortó una tira de la manta y pasándola por el barrote de en medio y atándole después por los extremos formó una abrazadera y metió dos patas del banco en este anillo y las otras dos las sujetó en el suelo.
Contaba así con una especie de plano inclinado para llegar a la reja. Subió por él deslizándose, se agarró con la mano izquierda a un barrote y con la derecha armada del cortaplumas, comenzó a roer la madera del marco.