—¿Qué quería usted? No le había visto.
—¿Vive aquí el comandante don Carlos Ohando?
—No, señor, aquí no vive.
—¡Muchas gracias!
Martín salió a la calle, y embozado y con aire conquistador se dirigió a la posada en donde vivía Bautista.
—¡Tú!—exclamó Urbide—. ¿De dónde sales con ese uniforme? ¿Qué has hecho en todo en todo el día de ayer? Estaba intranquilo. ¿Qué pasa?
—Todo lo contaré. ¿Tienes el coche?
—Sí, pero…
—Nada, tráetelo en seguida, lo más pronto que puedas. Pero a escape.
Martín se sentó a la mesa y escribió con lápiz en un papel: «Querida hermana. Necesito verte. Estoy herido, gravísimo. Ven inmediatamente en el coche con mi amigo Zalacaín. Tu hermano, Carlos.»