Después de escribir el papel, Martín se paseó con impaciencia por el cuarto. Cada minuto le parecía un siglo. Dos horas larguísimas tuvo que estar esperando con angustias de muerte. Al fin, cerca de las doce, oyó un ruido de campanillas.
Se asomó al balcón. A la puerta aguardaba un coche tirado por cuatro caballos. Entre éstos distinguió Martín los dos jacos en cuyos lomos fueron desde Zumaya hasta Estella. El coche, un landó viejo y destartalado, tenía un cristal y uno de los faroles atado con una cuerda.
Bajó las escaleras Martín embozado en la capa, abrió la portezuela del coche, y dijo a Bautista:
—Al convento de Recoletas.
Bautista, sin replicar, se dirigió hacia el sitio indicado. Cuando el coche se detuvo frente al convento, Bautista, al salir Zalacaín, le dijo:
—¿Qué disparate vas a hacer? Reflexiona.
—¿Tú sabes cuál es el camino de Logroño?—preguntó Martín.
—Si.
—Pues toma por allá.
—Pero…