—Nada, nada, toma por allá. Al principio marcha despacio, para no cansar a los caballos, porque luego habrá que correr.

Hecha esta recomendación, Martín, muy erguido, se dirigió al convento.

—Aquí va a pasar algo gordo—se dijo Bautista preparándose para la catástrofe.

Llamó Martín, entró en el portal, preguntó a la hermana tornera por la señorita de Ohando y le dijo que necesitaba darle una carta. Le hicieron pasar al locutorio y se encontró allí con Catalina y una monja gruesa, que era la superiora. Las saludó profundamente y preguntó:

—¿La señorita de Ohando?

—Soy yo.

—Traigo una carta para usted de su hermano.

Catalina palideció y le temblaron las manos de la emoción. La superiora, una mujer gruesa, de color de marfil, con los ojos grandes y obscuros como dos manchas negras que le cogían la mitad de la cara, y varios lunares en la barbilla, preguntó:

—¿Qué pasa? ¿Qué dice ese papel?

—Dice que mi hermano está grave… que vaya—balbuceó Catalina.