—Habla, cuenta de tu vida. Tú no sabes la gana que tenía de verte. Eres el único hombre por quien me han pegado. ¿Te acuerdas? Para mí constituías toda mi familia. ¿Qué hará? ¿Dónde estará Martín? pensaba.
—¿De veras? ¡Que extraño! ¡Hace de esto tanto tiempo! Y somos jóvenes los dos.
—¡Cuenta! ¡Cuenta! ¿Cuál ha sido tu vida? ¿Qué has hecho por el mundo?
Martín, emocionado, habló de su vida, de sus aventuras. Luego, Linda contó las suyas, su existencia bohemia de volatinera, hasta que un señor rico le sacó del circo y le brindó con su protección. Ahora este señor, título, con grandes posesiones en la Rioja, quería casarse con ella.
—¿Y tú te vas a casar?—la preguntó Martín.
—Claro.
—¿De manera que dentro de poco serás una señora condesa o marquesa?
—Sí, marquesa, pero chico, esto no me entusiasma. He vivido siempre libre y ya las cadenas no son para mí, aunque sean de oro. Pero estás pálido. ¿Qué te pasa?
Martín sentía un gran cansancio y le dolía el hombro. Linda, al saber que estaba herido, le obligó a quedarse allí.
Afortunadamente el rasguño no era grave y Zalacaín curó pronto.