Subió Martín por su calle a ver la casa en donde nació.

La escuela estaba cerrada; por los cristales empolvados se veían los cartelones con letras grandes y los mapas colgados de las paredes. Cerca del caserío de Zalacaín había una viga de madera, de la que colgaba una campana.

—¿Para qué sirve esto?—preguntó a un mendigo que iba de puerta en puerta.

Era para el vigía. Cuando notaba un fogonazo tocaba la campana para avisar a la gente de la parte baja.

Entró Martín en el caserío Zalacaín. El tejado no existía; sólo quedaba un rincón de la antigua cocina con cubierta. Bajo este techo, entre los escombros, había un hombre sentado escribiendo y un chiquillo ocupado en cuidar varios pucheros.

—¿Quién vive aquí?—preguntó Martín.

—Aquí vivo yo—contestó una voz.

Martín quedó atónito. Era el extranjero. Al verse se estrecharon las manos afectuosamente.

—¡Lo que dió usted que hablar en Estella!—dijo el extranjero—. ¡Qué golpe aquel más admirable! ¿Cómo se escaparon ustedes?

Martín contó la historia de su escapatoria, y el periodista fué tomando notas.