—A otro, llamado Anchusa, de la partida del Cura, debía usted también conocer…

—Sí, lo conocía.

—A ese lo mandó fusilar Lizárraga. Y al Jabonero, el lugarteniente del Cura…

—¿También lo fusilaron?

—También. Al Jabonero le debía el Cura la única victoria que consiguió en Usurbil cuando defendieron una ermita contra los liberales; pero tenía celos de él y además creía que le hacía traición, y lo mandó fusilar.

—Si esto sigue así no vamos a quedar nadie.

—Afortunadamente ya ha comenzado la Deshecha como dicen los aldeanos—contestó el extranjero—.¿Y usted a qué ha venido aquí?

Martín dijo que él era de Urbia, así como su mujer, y contó sus aventuras desde el tiempo en que había dejado de ver al extranjero. Comieron juntos y por la tarde se despidieron.

—Todavía creo que nos volveremos a ver—dijo el extranjero.

—Quién sabe. Es muy posible.