A media noche, se preparaba Martín a montar a caballo, cuando se presentó Catalina con su hijo en brazos.
—¡Martín! ¡Martín!—le dijo sollozando—. Me han asegurado que quieres ir con el ejército a subir a Peñaplata.
—¿Yo?
—Sí.
—Es verdad. ¿Y eso te asusta?
—No vayas. Te van a matar, Martín. ¡No vayas! ¡Por nuestro hijo! ¡Por mí!
—Bah, ¡tonterías! ¿Que miedo puedes tener? Si he estado otras veces solo, ¿qué me va a pasar, yendo en compañía de tanta gente?
—Sí, pero ahora no vayas, Martín. La guerra se va a acabar en seguida.
Que no te pase algo al final.
—Me he comprometido. Tengo que ir.
—¡Oh, Martín!—sollozó Catalina—. Tú eres todo para mí; yo no tengo padre, ni madre, ni tengo hermano, porque el cariño que pudiese tenerle a él lo he puesto en ti y en tu hijo. No vayas a dejarme viuda, Martín.