—¿Este chico? Es un pariente mío.

—¿Algún Tellagorri?

—No; se llama Martín Zalacaín.

—¡Hombre! ¡Hombre! Martín López de Zalacaín.

—No, López no—dijo Tellagorri.

—Yo sé lo que me digo. Este niño se llama realmente Martín López de
Zalacaín y será de ese caserío que está ahí cerca del portal de Francia.

—Sí, señor; de ahí es.

—Pues conozco su historia, y López de Zalacaín ha sido y López de Zalacaín será, y si quiere usted mañana vaya usted a mi casa y le leeré a usted un papel que copié del archivo del Ayuntamiento acerca de esa cuestión.

Tellagorri dijo que iría y, efectivamente, al día siguiente, pensando que quizá lo dicho por el exsecretario tuviese alguna importancia, se presentó con Martín en su casa.

Al señor Soraberri se le había olvidado la especie, pero recordó pronto de qué se trataba; encargó a su hija que trajese un vaso de vino para Tellagorri, entró él en su despacho y volvió poco después con unos papeles viejos en la mano; se puso los anteojos, carraspeó, revolvió sus notas, y dijo: